
por Koldo Campos Sagaseta
Uno de los aspectos que mejor delata la inmoralidad de quienes rigen los destinos del mundo y que, como el nuevo Nobel de la Paz, representa a quienes más enarbolan la violencia como conducta, la tortura como terapia, el crimen como oficio y la guerra como negocio, es el nutrido y generoso inventario de eufemismos con que buscan ocultar los muertos y miserias que provocan su mercado y maneras. De hecho, consumen eufemismos con tal voracidad que nunca van a dejar de necesitarlos.
Cuando el capitalismo agotó sus coartadas y comenzó a mostrar, incluso, a los ciegos, sus repugnantes entrañas, le cambiaron el nombre y pasó a conocerse como “globalización”. Definen como “macroeconomía” al arte de producir microciudadanos; “desarrollo sostenido y sustentable” a la acelerada destrucción del planeta; y progreso a la hambruna y desgracia general.
“Daños colaterales” llaman a la relación de personas asesinadas en sus múltiples misiones de reconstrucción y paz, cuando los bombardeos, presuntamente, resultan errados. “Objetivos alcanzados” llaman a la nómina de personas asesinadas en sus múltiples “guerras humanitarias”, cuando sus bombardeos, supuestamente, aciertan con el blanco. Y no importa que los daños colaterales tengan muñones y los objetivos alcanzados guarden memoria, se puede matar en nombre de la vida y hacer la guerra en nombre de la paz.
La juvenil ministra española de Defensa, eufemismo ya institucionalizado para definir el Ministerio de la Guerra, a la vez que se declaraba acérrima enemiga de eufemismos y dobles lenguajes, advertía a la opinión pública que no sólo se proclamaba pacifista sino que, actualmente, “los ejércitos también lo son”. Ejércitos cuyos estados llaman “guerras preventivas” a sus sangrientas incursiones militares al margen de cualquier derecho y orden internacional, por más que ambos conceptos, como el de Naciones Unidas, sigan siendo tristes eufemismos.
Si George Bush animó la “guerra preventiva”, para invadir y masacrar a preventivos enemigos, su hermano Jeb Bush instauró en Florida el mismo embozo, “disparo preventivo” para que la ciudadanía de bien pudiera balear impunemente a cualquier preventivo sospechoso. De igual forma que la sospecha de armas de destrucción masiva en manos de un país árabe puede servir de excusa para desencadenar una “guerra preventiva” que destruya esa amenaza, la sospecha de una pistola en manos de un negro puede servir de pretexto para desencadenar una “balacera preventiva” que elimine ese peligro.
Llaman “bombardeos de rutina” a la metódica destrucción de vidas y bienes ajenos sí, por ejemplo, un presidente que pierde popularidad por haber sido sorprendido en “relaciones impropias” con una becaria ajena y haber mentido públicamente a todo el país por televisión, necesita con urgencia un repunte estadístico que confirme su recuperación. En ese sentido, pocas acciones son tan productivas como un rutinario bombardeo sobre Irak.
Obviamente, la comunidad internacional, otro eufemismo más para designar a los Estados Unidos y a los cómplices que lo secundan, siempre ha de velar porque “la respuesta sea proporcionada”, eufemismo que sugiere la posibilidad de dejar a alguien con vida.
La CIA, a mediados de los setenta, decidió suprimir en todos sus informes y documentos la palabra “asesinato”, para sustituirla por “neutralización” y convertir, gracias al diccionario, los cadáveres en “neutralizados”.
Publicado en inSurgente
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