viernes, 15 de mayo de 2009

No se preocupen, la paz social está garantizada III Parte


Y es que el actual modelo de los servicios sociales, pese a su razonada reconversión posmoderna, se configura como una respuesta apolítica en un contexto de inflexión en las formas y contenidos del proceso de neohigienización de y medicalización la vida social. En este contexto, el sistema de los servicios sociales actúa como sistema de contención de las adversidades estructurales del sistema económico y social en el que vivimos, opera a modo de catalizador psicologizante, es decir, ha pasado a psicologizar actitudes, estrategias personales y modos de enfrentar la vida culpabilizando a los sujetos de su propio destino. Lejos de encarar la autonomía liberadora de las personas, el sistema de los servicios sociales, un sistema poco musculado políticamente pero muy eficiente como estrategia de control e individual, ha sucumbido ante las prácticas analgésicas de la posmodernidad más nihilista.

Pero no deja de ser políticamente escandaloso, y menos cierto, que esta situación se complementa con un bajísimo y desvergonzado nivel de gasto publico social. Y, aunque el actual gobierno diga y afirme en sus presupuestos que el 52% del total de los presupuestos generales se destinan a gasto social, España va de mal en peor en protección social. Porque cada año aumenta la diferencia respecto a la media de la UE (15). Únicamente Irlanda destina a este fin menos porcentaje de su Producto Interior Bruto (PIB). Pero aún así, se invierten millones de euros en ayudas a personas dependientes (288), en desempleo (19.292), en pensiones (106.098), en Pensiones Contributivas (93.000) en Pensiones No Contributivas (2000) o en estrategias y programas para prevenir o paliar la pobreza y la exclusión social y en las Rentas Mínimas de Inserción (3000)1 Esta potentísima y descomunal red de contención del descontento social y económico funciona a modo de operativo social travestido, es decir, si bien estos dispositivos deberían de servir, sirven en muchos casos, como dispositivos de protección social, no es menos cierto que generan dependencias perversas del sistema. Porque en muchas ocasiones, éste exige contraprestaciones individuales que, lejos de posibilitar más independencia económica y social ante las adversidades que esos casi 9 millones de personas padecen, frena todo este enorme potencial de frustración, desencanto, precarización, inseguridad, malestar y pobreza. La frenan porque bloquean, porque muchas de estas prestaciones requieren una fidelidad tras la cual se esconde el control y la interdependencia de quien otorga, es decir del Estado.

Así que, el conflicto, el viejo conflicto de clases, hoy camuflado de individualidades despolitizadas y precarizadas de manera única y personal, sigue dejando víctimas. Muchas aguardan en la larga lista de los centros de salud mental, en los despachos privados de los psicólogos, en los Servicios Sociales o en el paro puro y duro. Son los que sobreviven a pelo, los alprazolanizados y quienes han somatizado la dureza de una vida sin redes de protección en la fibromialgia social de nuestros días. Y es que las biografías personales se han despolitizado, el sufrimiento se ha desocializado y reconvertido en un problema absolutamente privado donde el individuo psiquiatrizado y asistencializado, es aconsejado por psiquiatras, jueces y asistentes sociales, el triunvirato profesional de la contención social que responde a la asistencialización de la nueva lucha de clases. Surge así una lectura acrítica donde el malestar social pierde significado político y éste se normaliza y se integra como malestar privado.

Al binomio de contención sindicatos-servicios sociales, se une el sistema de salud pública que viene a confirmar los procesos de medicalización de la vida social, los cuales constituyen un aspecto central de la modernidad rediseñados posteriormente por la posmodernidad. Dichos procesos se han caracterizado por el predominio del saber y poder médicos sobre saberes colectivos instalados en el imaginario social y por la codificación de comportamientos sociales en torno al binomio salud-enfermedad. Ello ha venido a significar la intervención creciente en las relaciones sociales en nombre de la salud y el ejercicio de ciertos controles en ámbitos sociales y personales que anteriormente eran externos a su influencia.

Una expresión de esa medicalización de la vida se confirma en el uso y abuso de los fármacos y la automedicación. En la actualidad ese uso desmesurado de fármacos de consumo rápido no tiene otra finalidad que tapar el vacío y la soledad existencial tan extendida en nuestras sociedades. Y es que en opinión del reconocido psiquiatra Guillermo Rendueles, esto solo se podrá superar «con un proyecto subjetivo que incluya la superación del dolor, la angustia y la impotencia que provocan la enfermedad» Insiste el autor en que «los procesos de psquiatrización masiva, es decir, la insistente necesidad de recurrir a la ayuda profesional de los centros de salud mental, viene a confirmar los caminos de la servidumbre, la debilidad y la vulnerabilidad de la población con resultados catastróficos» Este reconocido psiquiatra y ensayista gijonés sostiene que las causas de la mayoría de los problemas que acaban en el psiquiatra son sociales. «Hay dos vías que favorecen la psiquiatrización. Una, la gestión de los aspectos íntimos y sentimentales, que suele recaer en el psiquiatra por las dificultales que tienen las personas para hacerlo por sí mismas; y otra, el que en la sociedad de hoy no hay nada sólido, es la "sociedad líquida" de Bauman». Y concluye con una inquietante sentencia: «El trabajo pudre el carácter y crea una sociedad de individuos carne del psiquiatra».

¿Explica todo esto la absoluta bulimia social, la inquietante pasividad, la alarmante falta de resistencia y el desarraigo político y social que padecemos? Tal vez. Pero no del todo. Uno cree que los procesos de individualización del tardocapitalismo de consumo han permeabilizado las conciencias. Pero más aún, han secuestrado los propios cuerpos y las propias individualidades, hoy al servicio del capitalismo más despiadado. Porque somos arte y parte del proceso productivo y reproductivo. Si en el siglo XX la alienación la medía la distancia que existía entre el trabajador y el fruto de su actividad como tal, hoy la alienación es más insondable, es la que se abre entre el ciudadano y su mundo. Nuestra existencia, privatizada hasta el extremo, se ha desocializado y nada es concebible al margen del yo. Nuestros cuerpos han sido vaciados y los sujetos que los llenan ya no tienen deseos propios, porque forman parte de la maquina reproductora del gran capital global. Porque nuestros cuerpos y almas huecas funcionan como enormes y poderosos objetos de consumo y autoconsumo. Y fuera de nuestro yo, disociado por completo de aquel nosotros revolucionario y colectivo, ya nada es viable. Ni siquiera las revoluciones que la calle y la realidad claman cada día. Porque el yo ya no es nuestra singularidad, sino nuestra jaula particular.


Paco Roda es trabajador social e historiador


Publicado en Rebelión

Imagen e kalvellido


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